'Repensar la praxis arquitectónica 4.

Condensadores metropolitanos: Daniel Mòdol

La obra de Daniel Mòdol parte de la complejidad metropolitana, leyendo la ciudad en sus múltiples variables, como argumento y razón de ser de una arquitectura en la que colisionan programas, estructuras y formas. En sus proyectos asume la complejidad contemporánea en la que las infraestructuras urbanas, muchas veces invisibles, se transforman en herramienta proyectual de lo visible y experimentable. Y aunque proyecte desde el “hardcore” de las ciudades no olvida que la arquitectura potencia percepciones y actividades. Podemos decir que su arquitectura articula extremos, haciendo visible lo invisible.

La expresividad de su obra surge del encuentro entre lógicas que pueden parecer irreconciliables; los distintos flujos que conforman el espacio urbano se combinan. En cierta manera se continúa los planteamientos de Rem Koolhaas en sus proyectos urbanos, sumando todos los flujos y conflictos, tal como el arquitecto holandés ha realizado en Euralille.

Daniel Mòdol entiende la arquitectura desde el sentido que tienen como elemento urbano. Su visión y su capacidad de conceptualización están relacionadas con su labor como profesor de urbanismo en la Escuela Técnica Superior de Urbanismo de Barcelona. Para él, la estructura territorial previa, dada por la geografía que particulariza y singulariza cada lugar, no siempre es natural sino que está generada por las propias infraestructuras. El espacio urbano es entendido como albergue de actividades y, en este sentido, las movilidades en todas sus escalas son elementos fundamentales de sus proyectos.

Daniel Mòdol argumenta en su libro Del soporte urbano (2010), que las ciudades son escenografía que albergan el devenir cotidiano; son geometrías que, según diferentes lógicas, no siempre coincidentes, las articulan y estructuran; y son soporte sobre el que organizar actividades. Todo ello se condensa en lo que denomina “arquitecturas infraestructurales”. La importancia otorgada al soporte o infraestructuras queda clara cuando explica que ningún proyecto urbano –aunque es extensible a todo proyecto- puede separarse del correcto planteamiento de la relación entre instalaciones y servicios a los que abastecer. Vivimos sobre un entramado de redes que se convierten en arquitecturas subterráneas, apasionantes e invisibles, energéticas y proteicas, pero que signan lo que ocurre en la superficie en lo visible y vivido.

Desde su posicionamiento teórico revisa la contemporaneidad sin ningún tipo de nostalgia o complejo. Al tener que articular componentes urbanos que no siempre son amables pero que son necesarios, escapa de una negación inamediata de la modernidad, la velocidad y la confrontación, que considera esencia de su tiempo.

Un ejemplo clarísimo de estos posicionamientos es el profundo y complejo estudio que ha realizado para la Plaza de las Glòries a pedido del ayuntamiento de Barcelona. Con este lugar, en el que lleva trabajando más de siete años, ha aprendido cuento determina aquello que no vemos, cuan importantes son las infraestructuras como espacio público de oportunidad, no para colmatarlo o para construir dos realidades antagónicas, la del subsuelo y la de la superficie, sino para generar unas reglas diferentes en el tejido de la ciudad. En el reconocimiento de estas reglas, no comprensibles desde la superficie, y en su trabajo para entretejerlas de manera singular con la estructura legible de la ciudad, reside el desafío del hacer ciudad con infraestructuras. En Glòries lo que determina son las inamovibles infraestructuras y sus trazas, no para seguirlas sin criterio sino, insistimos, para construir unas nuevas reglas de plataformas, borde y relación. Su trabajo fundamental para Glòries ha consistido en establecer el nuevo tablero de juego, una nueva topografía que relaciona lo existente con lo por venir. Será el tiempo lo que vaya definiendo este espacio urbano, basándose en las reglas de lo público y de las relaciones.

Entre sus obras se destaca el proyecto ya terminado de la Casa de la Cultura de Lloret (2005-2011), un verdadero condensador social que exuda a través de sus formas y materiales. Es una pieza que conforma una nueva centralidad urbana, un atractor de actividades de grandes dimensiones situado en un gran vacío en medio de una trama de grano pequeño, tanto de parcelas como de manzanas. La cuestión aquí planteada, además de la conciliación de programas de requerimientos muy diferentes, es la de colocar este proyecto sin generar un impacto excesivo, pero sin negar su contundencia ni importancia; es decir, ser visible pero sin ser monumental. La respuesta urbana es atomizarse y dialogar en cada borde y en cada límite según las reglas del lugar. El edificio se fragmenta, sus partes eclosionan y se elevan dando identidad material y formal a cada programa y, sin embargo, logrando a la vez una unidad reconocible. El proyecto aglutina servicios y oficinas del ayuntamiento, una biblioteca conformada a su vez por una gran sala de lectura y trabajo, el área infantil y la zona de exposición de libros; una sala de actos; un casal para gente mayor, aulas para formación profesional y un aparcamiento subterráneo. Para completar el proyecto falta aun la construcción de la plaza que se sitúa en su frente. El edificio también se ha pensado para ser la cara representativa y albergue de actos en las fechas especiales de la ciudad.

Para Mòdol no hay circunstancia, requerimiento o preexistencia sin cualidad, que no tenga que ser interpretado e interrelacionado en una nueva realidad que el proyecto ofrecerá. En este caso se halla en ejecución el proyecto de reforma del mercado de la Guineueta (2010). Este proyecto mantiene más que elimina del antiguo mercado: la estructura antigua es recuperada y valorizada, y el edificio se amplia para albergar requerimientos internos nuevos, como el supermercado, pero también se amplía en un gesto urbano. El mercado sale a buscar la acera, invitando a entrar en él mediante una marquesina vistosa que continua la nueva piel multifunción que recubre la parte superior de las fachadas. Este cerramiento está conformado por piezas hexagonales de hormigón blanco prefabricado, inspiradas en las ya clásicas piezas cerámicas para formar celosías tan utilizadas en los años sesenta, cuando esta zona de la ciudad fue tomando forma. Las piezas de diferentes grosores generan sombras que permiten leer la unidad y darle más ligereza. El círculo interior vacío de cada pieza se transforma según la situación relativa en la que se halle situado, es celosía, es color con una pieza cerámica, es luz con una pieza de cristal. Con este elemento generará la identidad del nuevo edificio.

Su arquitectura, por lo tanto, no huye de la materialidad más evidente y defiende una arquitectura que recupere las cualidades básicas de los materiales: texturas, brillo, color, peso y tamaño. Materialidad versus la inmaterialidad que es promovida desde las recreaciones virtuales. Sus proyectos se enraízan en la tradición tectónica, en la que el proyecto no huye de la dificultad de la construcción o combinación de elementos de la realidad sino que trabaja con ellos. Es una arquitectura que no quiere ser pura imagen icónica sino que quiere ser un lugar para albergar acciones. Arquitectura definida como actividad, por ello rotunda y material, que da cabida al tiempo y a los flujos.

Josep Maria Montaner y Zaida Muxí”

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